16.9.09

Era la sombra de López

“Una foto en negativo. Una silueta negra, como de espectro, sí”. Eso es lo que vio Cardone, pero el Chacho no le cree.
“Este Gringo está loco”, piensa para sí el Chacho, que comparte con Cardone el antiguo y bello zaguán de la que fue en otros tiempos la mejor pensión del barrio, confortable y decente. Ahora la casona está tan desteñida, demacrada y destartalada como esas viejas chochas que fueron antes la flor del baile y ahora, ancianas que les donan cobijas y algún plato de comida. Tan estropeado se ve el edificio que cualquier presencia lo embellece: un palán, un gato, un mendigo. Y el Gringo se mantiene en que vio pasar esa noche, desde su colchón de cartones, la figura de Jorge Julio López, quien se detuvo y le dijo: “Ya desaparecí, Cardone, ya me chuparon”. “¿Cómo voy a olvidarlo al Julio,”, afirma, “si estuvimos trabajando juntos durante dos años, cuando se construyó el Banco?” Y es de creer que no le falle la memoria al Gringo, que ni el hambre ni el desamparo se la hayan doblegado. Porque, pensemos, “aquellos, Chacho, eran años de ser hombres, albañiles, de paga semanal, de sindicato”. Sí, pero después, el desempleo para Cardone, el secuestro para López. Y, más tarde en la vida, todavía, la miseria para el Gringo, la chupadura última para Jorge Julio. “La vida es una sanguijuela, a veces”, filosofa Cardone con el Chacho, “te chupa todo, te chupa”. El Chacho calla, para qué contradecir al Gringo loco. “Pero esa sombra era la de López, mirá si no voy a saberlo, che.”

Eugenia Cabral

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