26.9.09

24.9.09

Tres palabras para Julio López por Guido Guidi

Llegó con tres heridas
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.

Miguel Hernández


Con tres heridas estás, Julio
la de la cal, la de la arena, la del olvido

con tres años te pones, Julio
sobre el malvado, sobre el estúpido, sobre el futuro

tres tajos violentos de cercana primavera
tres polvorientos años del egoismo
sobre la intachable flor de su simpleza
han venido a traerte
tres veces más limpio
más incansablemente terco
cavando cimientos para el hogar de mi familia

estás con tres heridas, lo sé
la del jóven imbécil que reniega del pasado
la del astuto funcionario que te paga un salario
la amarilla de la imprenta vestida de tu llanto

tres materiales, tus conocidos
la cal, Julio
esa que te quemaba las manos
la arena, Jorge
que las refrescaba
el olvido López
que ya conocías de muchos años

Por eso tus papelitos sucios mal escritos
por eso tu memoria sin manchas por eso
la moneda del amor, era tu único amo

La cal, López
para los malvados
la arena, Jorge
sobre los estúpidos
el olvido Julio
el olvido
sepultado en el futuro

Septiembre sin julio por Esteban Llamosas

El diecisiete / del cero nueve / del cero seis / según los diarios / del día siguiente / hubo un incendio / en berazategui / triunfos de river y san lorenzo / creció la industria / jerry lee lewis sacó su disco / hubo un acuerdo con super chinos / y un edificio voló en milán / es lo terrible / con estas cosas / las apariencias nos dejan ciegos / ni sombras vemos / ni resplandores del ultimátum / porque está claro / hubo un momento / del diecisiete / en que los lobos nos desgarraron / y fue en silencio / y fue sin prisas / porque mirábamos / los triunfos / y los acuerdos / hubo un momento / del diecisiete / en que el pasado / nos fue chupando / mientras volaban los edificios / ¿será posible / seguir viviendo / y celebrando / serán posibles / los días que vengan / sin recordar? / no habrá septiembre / si antes no hay julio.

17.9.09

Esto pasa hoy, los diarios cordobeses en silencio, ¿Por qué será?


Zepol por Javier Martinez Ramacciotti

…La mente dice: lo que no entiendo lo violento hasta hacerlo mio...

Julio López guarda en una caja de cartón
todo lo que va encontrando por la calle.
Es morado el cartón, y la caja apenas
más grande que un bebé recién nacido.
Afuera llueve, pero todo lo que vale la pena
ser arrasado por el agua, todo
lo que merecería ser mojado hasta su núcleo interior,
duerme una siesta hogareña en la caja de cartón
donde Julio guarda todo lo que encuentra por la calle.
Morado el cartón. La caja apenas más grande
que el corazón de una ballena blanca
varada en una playa donde jamás se imprimió una huella
donde nunca nadie la va a buscar.
Afuera llueve. Los ojos de la ballena se apagan
nada saben de esto mandarinas en lento proceso de putrefacción.
Julio guarda todo lo que encuentra por la calle
se imagina como un mesías rescatando los residuos de los días,
y como un paraíso de cartón arrugado a su caja.
Un paraíso morado, apenas más grande que el corazón estancado
de una ballena perdida en un punto muerto del mundo.

Llueve afuera, y el agua deja todo igual
no se lleva consigo más que su fuerza.

Javier Martinez Ramacciotti

¡Oíd mortales! ( o las voces cómplices de la indiferencia) de Eduardo Rivetto

¿Oíd mortales? Perdón, ¿qué tenemos que oír? ¿El grito sagrado? Disculpe, no le entiendo: ¿el grito de quién? ¿De López? ¿El grito sagrado de López? ¿Quién es López? ¿A qué López se refiere? ¡Especifique, caramba! Agarre la guía y fíjese: son una cantidad los López. Mujeres y hombres. Todos compatriotas, claro. Todos López. ¿Cómo supone que yo voy a identificar a uno entre millones? ¿Podría darme alguna seña en particular? (Es que yo, como buen argentino, soy muy afecto a las señas particulares) Disculpe, me volví a perder. ¿Un albañil me dice? Yo no conozco a ningún albañil, desde que terminé de hacer mi casa no tengo contacto con gente de ese oficio, ¿cómo pretende que lo conozca? No sabe lo linda que quedó; mi casa, digo. Adentro estoy muy tranquilo, veo televisión… me gusta participar en programas de juegos, hay buenos premios. ¿Usted también es de participar? ¡¿Usted también es de participar?! No es que quiera cambiarle de tema, pero ¿se imagina una vida mejor? Yo sí, todas las noches. Si una persona desea constantemente una vida mejor alguna vez se le dará, ¿no le parece? Antes de dormirme pienso que un día cualquiera puedo ser otro si me gano algo. A ver… déjeme que haga memoria… La verdad es que en la televisión a ese tal López que usted me dice no lo mencionan nunca. ¿Que desapareció? ¡¿En el 2006?! Y si desapareció ¿como quiere que yo lo identifique? Una persona que desapareció significa que dejó de estar, ¿no? Dejó de aparecer. Y listo. No se crea que soy indiferente, puedo imaginarme la preocupación de los familiares. ¿Ellos qué dicen? Mire, allá va un albañil, ¿por qué no le pregunta a él? Ese, el de la espalda encorvada, el del bolsito… sí, ese. ¿Qué nombre tiene el tal López del que usted me habla? ¿Julio? “¡Julio López! … ¡Julio López!” ¿Ve?, ni se dio vuelta. Ese seguro que no es. Disculpe, me volví a perder. ¿De qué hablábamos? Ah, si. De un grito. De un hombre. De una vida. De participar. De ganar.


Zepol por Marcos Rostagno


Arte por Marcos Rostagno

Natural Puzzle por Santiago Pfleiderer

Me pierdo en una nebulosa de luces indescifrables.
Me confunden las voces quietas, esas que no dicen, que no callan.
Me desarmo entre ausencias e ilusiones truncas.
Me enciendo en la piel de un abrazo, caricias, y me deshago
en el ardor de un beso.
Me ahogo en las miradas frías y nazco en las comisuras
de cada sonrisa.
Me atasco entre zapatos apurados, pasos fugaces
de seres sin alma.
Florezco bajo el sol de la risa, y marchito sobre el veneno
del rechazo.
Estoy lleno de lunas, de lágrimas azules, como el paño
negro de la noche, como el sueño inerte de la lluvia.
Desaparezco en el viaje del viento, como una hoja, como una pluma sin tiempo.
Nado las horas y los minutos, salmón de río buscando el comienzo.
Me distorsiono con el humo, los ruidos, los bloques y el cemento.
Me multiplico eternamente con la evocación vital de la memoria.
Me esfumo ante el gesto inoperante del olvido.
Me fragmento en cada huída, las suyas y las mías.
Me encuentro en cada sombra, en el arte.
Simplemente soy, frente al ritual secreto de la creación.

Zepol por Marcos Rostagno


Arte por Marcos Rostagno

Zepol por Marité Iturriza

Ojalá me perfumen las palabras, pensó. Ojalá las palabras me encuentren antes de doblar la esquina o, aunque sea me cruce con ellas, con las marcas que dejaron después de cerrar la puerta. Palabras no dichas, pensadas, hundidas en la oquedad de la voz. Palabras como pájaros de plomo, nombres, sobrenombres, gritos, señales de identidad tatuadas treinta años en el cuerpo. Palabras guardadas. Pensó qué culo el de Boca. Ese día Buenos Aires anochecería empapelada con “Somos el triple más uno, somos el pueblo y el carnaval”, después de ganar la Recopa. El mismo día que en Córdoba, Juez intendente evaluaba copiar el esquema de ajustes de salarios aplicado por De la Sota gobernador. La tarde en que el fiscal Dulan Dumm pedía perpetua para Miguel Etchecolatz, el comisario con gusto a sangre, amigo de Camps y de los campos de concentración de los que fue testigo Julio Jorge o Jorge Julio. López, el albañil militante en los setenta, el albañil testigo indefenso de la patota ese día soleado de septiembre. “Sé quiénes son algunos de los que nos dieron picana”, había dicho frente al tribunal. “Ahí estaba un policía gangoso, que fue quien mató a la chica Dell’Orto y al marido. Los de la cárcel tienen que saber quién era. Si lo encuentran, puedo reconocer la voz”, dijo López. Y pensó en la voz gangosa, babosa del hijo de puta. ¿Qué cara tendrá?, pensó López, sobreviviente. Él, acostumbrado a las asperezas de la cal y a las reminiscencias de la arena, llevaba tatuadas las caras de sus compañeros en desgracia. Con gorra, mirándonos. Misión cumplida. Había soltado las palabras necesarias encerradas durante tanto tiempo en ese cuerpo de hombre bueno. Ojalá me perfumen las palabras hoy, pensó. Era dieciocho de septiembre y la primavera ya se dejaba escuchar.
Marité Iturriza

Zepol por Marcos Rostagno


Arte por Marcos Rostagno

El Jorge de la honra

jorge es un nombre investido de una pronunciación casi indecente, difícil para el caribeño que siempre dirá joge, comiéndose la r. jorge, en Argentina, es un nombre cargado de asociaciones siniestras, vinculadas al terror y a la muerte, a la delación y a la mediocridad de escribidores de talleres literarios con ínfulas de grandeza intelectual y de estrellitas barnizadas con el falso brillo que de la pantalla televisiva. jorge, en fin, tan sólo por esas causas, debería escribirse con minúscula. Hay jorges, los menos, que deberían llamarse de otra forma. Por aquí un poeta, por allá un canillita, o un peón de campo, o un artista, un escritor de los buenos. Son jorges que en términos proporcionales, apenas existen ante la descomunal cifra de jorges que como plaga de langostas, parecieron asumir desde sus nombres, como si se tratara de un mandato divino, la ignominia, la cobardía, la traición: copándolo todo, royéndole el alma a un país. Exhibiendo estrellas de generales sobre sus hombros, como si ahí llevaran un pedazo de cielo. Investidura celestial para ejercer el crimen.

Pero por ahí también buscando, a ras de tierra una flor entre yuyales, se encuentra algún jorge de profesión albañil. Un jorge acompañado de otro nombre, digamos julio, con un apellido sencillo: lópez. Un albañil llamado jorge julio lópez. Si a éste nombre le insuflamos una vida de alarife que, calladamente, ha puesto un ladrillo sobre otro, levantando paredes y muros durante años como quien construye un mundo, sufre además prisión, días de torturas, y muchos años después tiene el coraje de pararse frente a su torturador y, señalándolo con el dedo, acusarlo de criminal, entonces este jorge es uno de los pocos que merece ser escrito con mayúscula.

JORGE JULIO LÓPEZ, el albañil secuestrado y desaparecido en Argentina en plena democracia, debería tener diseminada por todo el país su pequeña figura esculpida en duro bronce y, sembrada ante las casas de los criminales que todavía andan sueltos, hacernos recordar que debemos buscarlo hasta encontrarlo. Su nombre, impreso en gigantescas vallas, debería presidir las entradas de las ciudades y los pueblos. Tal vez así nos estaríamos recordando con incesante tozudez, que ante tantos jorges que andan por ahí, uno al menos nos vino a demostrar que es posible asumir la vida, más que el nombre, como una bella metáfora de lo imperecedero, llevando tan sólo una sonrisa humilde como quien sostiene una banderita entre los labios. De esa manera, sólo entonces valdría la pena llamarse Jorge. Y no videlas, asís, jorge redondos, picudos, rectangulares o cuadrados, tantos jorges inservibles.

Tomás Barceló Cuesta

Lo que pasará

16.9.09

Zepol por Lucas Chami


Arte por Lucas Chami

Zepol por Jericles


Zepol por Ham


¡Presente compañero López!

Cuando Ivan Ferreyra, escritor cordobés, me invitó a participar de una movida recordatoria por Jorge Julio López no podía negarme, ya sea por razones personales o políticas. Ivan me escribió “Creo que los escritores tenemos que estar juntos en esto”. Por supuesto que tiene razón. Yo siempre soñé que un mundo mejor es posible y que siempre se puede hacer algo para lograrlo. Pienso que Jorge Julio López también pensaba así antes que lo secuestraran por segunda vez.

Entonces pienso que la escritura me permite seguir soñando con ese mundo mejor, porque la literatura va dirigida al universo sensorial del cerebro y eso produce una modificación en el imaginario del lector que va a modificar o reafirmar ideas; o en todo caso, que lo llevará a soñar o a replantear interrogantes; pero que, de una manera u otra, hay algo que se incorpora en el cerebro a partir de la imaginación. Me niego a aceptar las fuerzas oscuras que nos vienen del pasado y que tratan de robarnos todavía algunos de esos sueños que con tanto sacrificio nos costó construir. La democracia siempre fue uno de mis sueños y como ya lo decía en los años 60 y fines de los 70, prefiero la peor de las democracias a la mejor de las dictaduras. Y hoy que la tentación golpista busca ganar ese espacio de nuevo no tenemos que olvidarnos del ejemplo que nos dejó Jorge Julio López.

Yo vivo en Francia desde la época de la dictadura, pero soy argentino, y eso no significa para mí ser solamente originario de allí sino también una opción de vida, por eso me negué siempre a sacar la doble nacionalidad. En Córdoba está mi pasado, mis raíces, y para mí es muy difícil desprenderme de eso. Yo leo casi todos los días los diarios argentinos, y escribo escuchando por Internet alguna radio argentina.

Me digo que yo seguiré escribiendo libros, porque el libro no es solamente una simple acumulación de páginas paridas por la imaginación de un escritor solitario detrás de su computadora. El libro es siempre un testimonio para romper silencios e interpelar a otros sobre cualquiera de los temas que tocan a la sociedad: desde el amor a la guerra, desde lo excepcional a lo cotidiano, desde los sueños a la realidad, y no importa si el libro es íntimo o abierto. Escribir no es nunca una actitud inocente.
El compañero López se lo merece así como todos los otros desaparecidos. Nosotros los escritores también debemos estar presentes en un recordatorio de esta naturaleza.

Juan Carlos Alarcón

Zepol por Alejandro Arriaga

Desaparecer - Irse borrando - Pasar a ser una figura - Una mancha de pintura - Un esténcil sin gestos - Una boina - Un saber mutilado - Un poder sin lugar en esta tierra
Desaparecer - Irse borrando - Pasar a ser una figura - Una sombra - Una repetición - Una rememoración - Una fecha patria - Una mancha de pintura - Un sinsentido - Un esténcil sin gestos - Una luz quemada - El olvido - Una boina - Un olor que se desvanece - Un colchón que se regala y cambia de dueño - Una historia que se inmuta - Treinta años - Treinta sueños - Treinta sexos - Un saber mutilado, borrado, tachado, minimizado - Un poder sin lugar en esta tierra - Un silencio a la fuerza igual que ayer igual que hoy - Una bomba en la espalda - En la espalda de nuestros hijos - En su sangre, mi sangre - En mi odio, su inocencia.
(Desaparecer: eclipse, ocaso, ocultación, muerte, perdida, huida, cesación, fin, esfumarse, esconderse, perderse, fugarse.) (RAE)
Que te desaparezcan: que te eclipsen, que te atardezcan, que te oculten, que te maten, que te pierdan, que te huyan, que te cesen, que te finiquiten, que te terminen, que te oculten, que te esfumen, que te escondan, que te fuguen, que te exilien de la existencia por saber algo que dice algo de algo que nos desaparece que nos extermina.
Intentar ejercer una parte de la libertad que crece entre los limites, la parte que va desde los ojos a las manos, la longitud de la política, la incapacidad de mis palabras, intentar no desaparecer, no tengo otro cuerpo desde donde decir lo que digo, no llego a ser todos, no lo pretendo, el que desaparece soy yo, la longitud política que va de mis manos a mis ojos, el poder de las palabras, la sangre fundida en la resignación del agotamiento, la impotencia, el resentimiento, lo que desaparece, es lo que quiero, es lo que conozco, es lo cercano, es lo familiar, es la longitud del poder, son manos y ojos, son mis ojos, mis manos.
El baile empezó hace rato y tiene ganas de seguir empezando, veamos que herramienta que instrumento que medio que canal que pasillo practico transitamos para pelear por lo nuestro, eso que les causa tanto temor, eso que los incita a desaparecernos.

Alejandro Arriaga.

Los huecos de la memoria

Los huecos de la memoria buscan rastros, pedazos de alma, trajes viejos y voces lejanas.
Presidente: Los vio entrar...
López: El porrudo ese fue el que los llevó y los paleaba... a empujones
Presidente: Que el mismo que lo secuestro a usted...
López: Sí señor…
Trazan redes para que el ancho de la tierra nos extravíe.
Presidente: Ellos estaban en ropa de civil...tenían...
López: Sí! Si ustedes averiguan de la gente que trabaja, que trabajaba en Investigaciones en ese tiempo, yo si veo las fotos los reconozco... a todos, hasta él que ponía la picana... quiere que le enseñe como me quedo el cuerpo...
Y así, los huecos de la memoria cortan la flor insatisfecha de la trama, que estira sus raíces para tocarle los pies.
López: A este chico lo vi, pero no me acuerdo si fue en Cuatrerismo... o en Arana.

Secretario: Raúl Bonafini...

López: Lo vi cuando lo interrogaban...
Presidente: A Raúl Bonafini..
Toda el hambre termina en su palabra. Comenzamos otra vez. Terminamos otra vez. Entre él y nosotros, la vida y la muerte. Y la pregunta. Y la presencia de la ausencia.
Presidente: y el hecho concreto del homicidio... usted dijo que lo vio desde una mirilla de su celda...
López: Sí lo vi de la mirilla cuando lo mataron.
Y nuestros miedos, como medallas muertas, apenas si podemos echarlas al río de la incertidumbre.
Presidente: A cuantos metros más o menos estaban...
López: Estaría como, yo estaba en el calabozo 1 y él estaría... como de aquí a la puerta y después le conocía la voz... y cuando pego el grito que murió también lo vi que cayo al suelo...

Y nuestro nombre, sobrevivientes del horror, apenas si puede alzar la voz para intentar ser poesía después de Auschwitz. Los huecos de la memoria se niegan a ser huecos del olvido.
Presidente: Era de día o de noche...
López: Serían las 6 de la tarde.
Presidente: Había luz.
López: Sí. Había luz.

Silvia Attwood

Cien volando

Y tal vez creía o cree que el nacionalismo es un cuerpo, dos miradas y un abrazo de pecho; que la insignia patria es un pezón, y las fronteras esos trapos que ocultan. O quizás pensaba o piensa en la albañilería como el camino a la moneda o como las manos que levantan la ciudad, tu casa, la mía, el barrio; los brazos y piernas que construyen edificios públicos, por ejemplo, oficinas privadas, telecentros, garitas y cuarteles. A lo mejor pretendía o pretende que la justicia se haga en tribunales, en la calle o en el corazón. Tal vez le resulte curioso o tremendamente hijo de puta que esa ley en la que creía o todavía cree le devolviera el terror que combatía o aún combate, no lo sé. Nadie lo sabe. Hace ya tres años que nadie lo puede ni-siquiera-preguntar. O quizás soñaba o todavía sueña volver a caminar entre los árboles o entre colectivos de humo denso, o treparse a andamios firmes, acostarse en su cama, o llegar cansado a mirar un poco de fútbol. Y a lo mejor esperaba o aún espera que el dolor se acabe, se aclare, se transparente, se sepa. Se juzgue. Que la traición se condene, que la libertad se ejerza, que los pantalones no ajusten. Que la Bonaerense se desarme. ¿Confiará o habrá confiado en que ya no habría más terrenos baldíos donde antes hubo ganas, las suyas, la de los demás a los que ya tampoco les podemos preguntar? ¿Creerá o habrá creído en vos, en mí, en la verdad, en el rechazo al olvido? Quién dice, no lo sé. Y es que nadie lo sabe. Hace ya tres años que nadie lo puede ni-siquiera-preguntar. El aire se vuelve un tanto turbio en esta vuelta del reloj y de tanto vuelo prohibido algunas costumbres quedan, y algunos cazadores también. Pero por mucho que se intente siempre habrá, sépanlo, cien pájaros volando.

Mariano Barbieri

Allá afuera


La chica le había dicho es sangre nada más,
en la oscuridad de la calle

Eugenia Almeida


Cuando llega la hora de la siesta
hace crucigramas y planea un solitario
que nunca empieza.
Sabe que el mundo
no necesita sus urgencias
para ponerse en movimiento
porque ya hay demasiado movimiento
allá afuera.

Alguien grita ayúdenme
soy la chica del 12
avisen a mi compañera
alguien contesta callate perra
agita un fusil
por arriba de su cabeza
y hay demasiado movimiento
allá afuera.


¿Por qué tanto ruido cuando arranca el Falcon
en un retumbar inútil que perturba la siesta?


Y allí se queda expectante
sentada en la reposera
pensando que después de todo
no es un castigo la soledad
no es tan malo quedarse quieta
volverse una sombra fugaz
una mancha inmóvil en la siesta.

Porque ser una chica de pelo rojo
gestos de furia y mochila a cuestas
una chica de esa edad
en la calle
a la siesta
llama al engranaje de los lobos
allá afuera.

Silvia Barei

Ni un día más

“¿no lo conoce a Juan?,
Juan, el flaco que es albañil,
el de la casa sin terminar...”

Los Olimareños

Ayer a la siesta soñé con Julio.

Estábamos sentados en unas sillas de madera, nos separaba una mesa cuadrada y pequeña. No hablábamos. Sólo dejábamos pasar el tiempo en medio de un galpón, que era como un bar húmedo.

Julio tenía las manos entrelazadas y movía los pulgares a gran velocidad. Yo sabía que estaba en medio de un sueño y que Julio hacía casi tres años que estaba desaparecido por segunda vez en su vida. Además, sabía que había sido testigo clave en el juicio a un ex comisario. Los milicos nunca se fueron, pensaba mientras miraba la cara agrietada de Julio, sus manos grandes, el pelo blanco debajo de la gorra.

En un momento le hice señas para que se pusiera de pie. Nos imaginé afuera. En un bar de verdad, junto a la ventana, tomando un Gancia con papas fritas.

Julio se acomodó la visera y me hizo un gesto como de: andá yendo. Mientras caminaba hacia el portón no me animé a mirar hacia atrás. Tenía miedo de no verlo más.

La puerta era negra mate. Se abrió sola y un tipo me hacía señas para que entrara. Era otro galpón que en el medio tenía un cartel y decía: seis mil chicos muertos en el último año. A los costados estaban las camillas, los niños y las sábanas que los tapaban.

Seguí. Llegué al fondo. Otra puerta negra mate. El mismo tipo que me hacía señas que siguiera. Otro galpón con cartel: ciento noventa y tres muertos de Cromañon. Seguí. Ya me la venía venir y así fue: Un galpón más con cartel: dos mil pibes detenidos en el último año y presos en institutos de menores. Al menos estaban vivos, algunos se reían. Pero al llegar al otro galpón, regresó la muerte: las mujeres víctimas de la violencia machista, los treinta mil desaparecidos, las víctimas del gatillo fácil de la policía. Y así.

En un momento sentí que ya no podía ver más. Y me acalambré. Con la pantorrilla hecha una piedra me arrastré hasta el próximo portón y esta vez no había ningún tipo esperándome. Estaba Julio con la gorra en la mano.

- Vamos, pibe, apurate, me dijo mientras agitaba sus manos.

El calambre desapareció como por arte de magia. Corrí hasta él.

- Vamos, repitió, que me quedó un revoque a medias.

Lo miré extrañado. No entendía qué me quería decir.

- Hoy se cumplen tres años, como en el setenta y nueve. Estoy seguro que me largan. No quiero estar acá ni un día más.

Kike Bogni

Era la sombra de López

“Una foto en negativo. Una silueta negra, como de espectro, sí”. Eso es lo que vio Cardone, pero el Chacho no le cree.
“Este Gringo está loco”, piensa para sí el Chacho, que comparte con Cardone el antiguo y bello zaguán de la que fue en otros tiempos la mejor pensión del barrio, confortable y decente. Ahora la casona está tan desteñida, demacrada y destartalada como esas viejas chochas que fueron antes la flor del baile y ahora, ancianas que les donan cobijas y algún plato de comida. Tan estropeado se ve el edificio que cualquier presencia lo embellece: un palán, un gato, un mendigo. Y el Gringo se mantiene en que vio pasar esa noche, desde su colchón de cartones, la figura de Jorge Julio López, quien se detuvo y le dijo: “Ya desaparecí, Cardone, ya me chuparon”. “¿Cómo voy a olvidarlo al Julio,”, afirma, “si estuvimos trabajando juntos durante dos años, cuando se construyó el Banco?” Y es de creer que no le falle la memoria al Gringo, que ni el hambre ni el desamparo se la hayan doblegado. Porque, pensemos, “aquellos, Chacho, eran años de ser hombres, albañiles, de paga semanal, de sindicato”. Sí, pero después, el desempleo para Cardone, el secuestro para López. Y, más tarde en la vida, todavía, la miseria para el Gringo, la chupadura última para Jorge Julio. “La vida es una sanguijuela, a veces”, filosofa Cardone con el Chacho, “te chupa todo, te chupa”. El Chacho calla, para qué contradecir al Gringo loco. “Pero esa sombra era la de López, mirá si no voy a saberlo, che.”

Eugenia Cabral

Argentina no es un país

Argentina no es un país. Son cientos de países que tratan de existir, en una lucha constante. Una de estas argentinas fue desaparecida, torturada, fusilada y desaparecido su cuerpo. Esto fue hecho por una o varias de las argentinas que tenia y tiene poder como para hacerlo. Pero es tan común que suceda esto. Desde que llegaron los españoles (una parte de ellos, los que tenían poder), hasta que se le llamó Argentina al territorio que ocupamos hoy, se mató cada vez que hizo falta a los que estorbaban. Pueblos nativos, caudillos con menos poder, gauchos, extranjeros con ideas revolucionarias, peronistas de la primera hora y de la segunda hora, movimientos sociales, partidos de izquierda, grupos armados revolucionarios, pobres, piqueteros, pobres que viven en las villas, jóvenes que no tienen futuro y agarran un arma para sobrevivir. La idea es que solo quede una Argentina para pocos argentinos, limpia, ordenada, acrítica, subordinada y feliz. Una Argentina feliz en un mundo feliz. Un buen final. Aún inacabado, pero se huele que no falta mucho para eso.
En ese contexto se lo llevaron a Jorge. Porque Jorge estorbaba. Decía demasiado, incriminaba a los ejecutores utilizados por esa parte de Argentina con poder y amistades en otros países, para limpiar el terreno y prosperar en paz. Una capucha, auto, unos golpes bien dados, un lugar desconocido, unos días u horas para desplegar el sadismo y fin. El tiro en la nuca. Después, la gente que lo busca, los gestos vacíos del Estado en pos de una supuesta búsqueda.
De eso sólo queda la gente que reclama la vida que ya no existe. Ya sé que es un símbolo el pedir la vida de los que están desaparecidos. Pero ya demasiado simbólicas son las palabras y nos alejan tanto de la materia y de la vida. Siento ganas de lo concreto cada vez más. La vida ya no está, por eso Jorge está desaparecido, no existe, no respira, no habla, no piensa. Nosotros sí. Sus asesinos y las instituciones del Estado también. Y si la vida no está y la tarea es ser concreto, la cosa se dice de otro modo: ¿qué hicieron con Jorge? ¿Quiénes lo hicieron? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Y porque específicamente se lo hicieron a él? ¿A quienes en especial perjudicaba la víctima? Todo esto en un marco judicial. Es necesario para que el estado de derecho tenga algún sentido y no sea solo un enunciado que se aleja de la materia y de la vida.
Tratar de convencer a la sociedad de civil de la importancia de la aparición con vida de Jorge o de la demanda judicial en ese sentido, es por el momento algo que no tiene mucha recepción. Esto se puede saber hablando con las personas, escuchando la radio, leyendo los diarios, viendo televisión y por el resultado de las últimas elecciones, entre otras cosas. A la mayoría de la gente, le importan muy poco los desaparecidos de la última dictadura, los desaparecidos sociales y el destino de Jorge. Y no saber esto es tan poco concreto y alejado de lo que existe.
Estas cientos de Argentinas que viven en la gran Argentina, se hacen ver y cada una puede que no vea a la otra, la odie, la ignore sistemáticamente, la elimine, la use o en muy última instancia, coopere con ella para generar un entramado social comunicado. Pero lo que sucede, sucede y Jorge es uno más de miles de argentinos que desaparecen. Por eso es que Jorge hace casi tres años que no está con nosotros. Porque es tan fácil que esto pase. Porque tampoco están los miembros de todas esas argentinas que estorbaban a través de la historia. Es tan fácil, cuando millones de personas solo se muestran interesadas en saber quién es el finalista de algún concurso televisivo. Es tan fácil, cuando las empresas de medios en Argentina manejan más del 80 % de la información que circula. Es tan fácil cuando en realidad Argentina o las Argentinas algún día solo será el destino de extranjeros que huyen de las grandes urbes, en busca de lo que queda de naturaleza y agua. Y para esa época, este territorio ya será un solo país y quedaran pocos autóctonos hispanohablantes. Y ya para ese momento, Jorge dejara de existir plenamente en su desconocida tumba. Será mejor que nos acordemos de él hoy, que todavía queda tiempo.

Sebastián Camargo

Sobre la desaparición

Hace exactamente cuarenta años, Georges Perec publicó una novela experimental en la que no figuraba la letra E. Sólo eligió palabras donde no se usara esa letra, la más común en francés. La novela se tituló La desaparición.

Diez años después, Jorge Rafael Videla aparecía en TV y declaraba que un desaparecido “no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo…”. Si la novela de Perec hubiera sido publicada por un Jorge Pérez cualquiera en esa Argentina de 1979, seguramente hubiera sido prohibida sólo por su título. Según cuenta un tercer Jorge (Lanata, en Argentinos II, p. 413), los censores militares eran tan brutos que, en su paranoia por hallar material subversivo, el Ejército incluso allanó un local de textos universitarios durante una Feria del Libro, llevándose un manual para estudiantes de ingeniería titulado La cuba electrolítica.

Prohibida la cuba entonces, aunque sólo sea un recipiente, y de paso también la electrólisis, que es la descomposición de un cuerpo disuelto por una corriente eléctrica. Censura, desapariciones, corriente eléctrica: si hoy todos estamos al tanto de los métodos de aquel Estado criminal, es en buena parte por el testimonio de quienes los sufrieron en carne propia. Uno de esos testigos se llama Jorge Julio López.

Él contó, entre otras cosas, esto: “Ese día a mí no me hacía mucho la picana, porque era con batería y no me hacía mucho. Sentía cosquilleo y todo... ‘Ahora acá vas a sentir’, dice, ‘vas a ver’. Y les dice a los otros, cargandomé, así: ‘che, prendela directo desde la calle a la máquina’”. Cuando en el juicio le pidieron que confirmara quién había dicho eso, López remarcó: “¡Etchecolatz! ¡El señor Et-che-co-latz!”.

Miguel Etchecolatz fue condenado a perpetua en 2006; luego del juicio, López desapareció.

Perec no hubiera podido reclamar por él en su libro: López lleva una E. Quizás sí en su adaptación al castellano, donde la letra evitada es la A. Esa versión se tituló El secuestro. Desaparecida de nuestras librerías por la dictadura del mercado, encuentro un fragmento en Internet: “Todos son conscientes de que un perjuicio sin nombre nos conduce sin nuestro conocimiento, todos son conscientes de que nuestro eterno Tormento nos tiene recluidos en un estrecho recinto que nos impide todo recorrido y que nos produce circunloquios sin fin, discursos inconexos y olvidos, por lo que sufrimos un conocer ilusorio donde se ensombrecen y se oscurecen nuestros gritos, voces, sollozos, suspiros y deseos”.

¿Cómo reclamar sin discursos inconexos ni olvidos? Quizás como lo hace Lucas Di Pascuale: con arte, en la forma de un cartel que ya replicó en distintas ciudades. Un cartel sin energía eléctrica. Un cartel cuya madera se deteriora si dejamos pasar demasiado tiempo.


Igual que Lucas, yo también reclamo por López; lo hago aquí, con todas las letras. Como hasta este punto del texto sólo hay dos letras que no usé, elijo terminar así: Georges Perec murió el 3 de marzo de 1982, justo un mes antes de que Galtieri mandara a cientos de chicos a morir en Malvinas mientras él se quedaba en su casa, muerto de miedo, escondido dentro de un vaso de whisky.

Texto: Martín Cristal. Imagen: obra de Lucas Di Pascuale.

Zepol por Maximiliano Delupi

Quizás solo la palabra depende te haga ver las cosas con otra utilidad.
El concepto de útil bastardeado por miles nos devuelve hoy la misma pregunta de siempre, esa que no nos animamos a hacer porque no estamos comprometidos con nada.
Los noticieros saben que deben en la “tanda” vender jabón en polvo y por ello salen a vender sus noticias como carne deberá vender el carnicero. ¿Tiene algo de malo eso? Sí, si tiene algo de malo, porque cada día que no te preguntas ¿Dónde esta Julio López? es un día que pasa con tu condenatoria vida hacia la desigualdad, hacia la posibilidad de que nos olvidemos algún día que un hecho como la desaparición de Julio debería paralizarnos en nuestras actividades cotidianas para ocuparnos nada más que de eso. Sin embargo la vida sigue, la gente olvida y en algunos años, cabezas, López y Santillán se van a escribir con minúsculas, porque cuando podías hacer algo no lo hiciste, porque cuando podías hacer algo no sabias que hacer, porque cuando pudiste hacer algo preferiste no hacer nada.
No quiero vivir en un país que se olvida de Julio López, no quiero vivir en un país en donde los que cuentan la historia de este lado me sigan diciendo que los desaparecidos no estaban en nada. Construían el socialismo, por eso mataron esta gente, por eso no esta Julio y por eso lo del “campo” nunca es tan importante como para salir con una cacerola sino sos culo de salir por Julio.
Maximiliano Delupi

La espada del albañil

“-Compadre quiero morir decentemente en mi cama
Federico García Lorca

En la sala de un septiembre infectado de premoniciones, con el susurro siniestro de las Furias abre su presencia y es como la noche el apellido innombrable del represor. Fue comisario general de policía de la provincia de Buenos Aires, donde se convirtió en la mano derecha del general Ramón Camps. En virtud de su cargo, fue responsable de 21 campos clandestinos de detención que funcionaron en la mencionada provincia, en los que fue visto reiteradamente. Entre estos se encontraron el Pozo de Quilmes, el COT1 Martínez y la División Cuatrerismo de La Plata (Arana). También fue responsable por la "Noche de los lápices”. Juzgado por tormentos en 91casos probados para orgullo de un pueblo y para vergüenza del mismo liberado según las leyes de punto final y obediencia debida por la cobardía de los jefes políticos de turno.
Entre las imágenes de ese septiembre, los medios eligen la de un demonio senil casi perdonable durmiéndose manso en paralelo al otro asesino el de la cruz capellán de los ofidios. Esto sería asombroso si al tiempo de desaparecido, el albañil no se viera como se vio a los coroneles mediáticos cavar la tumba de Jorge Julio López sin cuerpo presente, para olvido de lo que ya no era rentable como noticia y hasta peligroso para quienes sostuvieron desde sus tribunas electrónicas o graficas la lógica del exterminio.
Pero es imperdonable y ofende el filo de la espada cualquier concesión al olvido y a la impunidad.
¿Dónde trabaja el albañil desaparecido? ¿En qué ojos ya cerrados por la corta memoria de los medios de comunicación mete su cuchara el albañil desaparecido? Hasta el fondo la cuchara del albañil reventando instrumentos analógicos, el hígado de los contratistas del odio, la mano de obra desocupada que ha decidido tapar el sol con un dedo, cerrar filas al rededor del monstruo dormido placidamente en la sala del Tribunal Oral Federal
No.1 de La Plata. El tribunal que le otorga el derecho que negó con furia a miles de cristos desenclavados y vueltos a clavar por un obispo de acero.
¿Cuántos andamios baja y a qué infiernos, con su baldecito de arena y su gorra encantada por el pasado a bailar en silencio la danza de la tortura? ¿Cuál es la huella definitiva que en la estructura de la mentira imprime el desaparecido? El albañil recién derribado en este septiembre de leche negra, zumo maldito del olvido. Allí esta en silencio el albañil. Todo silencio. Grita el silencio, en rectángulos de cenizas de lo que fuera la belleza de los hombres y mujeres cantando que vencerían. ¿Ese hombre entabicado, hombre cal y ampollas vivas en las manos esta todo silencio navegando el lecho de un río? ¿En qué asamblea de huesos partidos como los mástiles de las banderas argumenta por los pobres del mundo? Tan dulces las banderas que en la torre de los sueños retorcían el dolor de un país para cuatro que animaron su orgía en las profundidades de la iniquidad y el terrorismo de estado. ¿Por qué ese estado como una sombra como un desesperado reptil, rompe el pecho de esta nación nueva y se come los huevos, la cría piando desesperada por un futuro sin hambre? Un futuro justo, digno de dignidades que le exploten a la palabra promesa y la astillen de cristales venenosos y se desborden como lava arrasando los campos de la soja donde banderillea el niño ahogado en glifosato, los bulevares donde vende el taco de su zapato la piba de 14, el supermercado donde se negrea al muchacho, la gran panza de las madres desnutridas, el mutilado pie de los trabajadores. ¿Y es acaso el cadáver del albañil ya desentabicado el que sulfura las aguas de la piedad clamando por justicia? Justicia sin venda en los ojos, porque hay algo peor que la injusticia y es la justicia sin su espada. Porque cuando el bien no es el Poder, es el mal.

Marcelo Dughetti

Zepol por Iván Ferreyra

Jorge está en un aeropuerto.
Es una playa de estacionamiento sin olores.
El pavimento es más azul que la sangre inexistente de los príncipes.
No hay aviones. Ni azafatas. Ni pasajeros.
Jorge esta en el mar. No hay agua, no hay barcos. No hay marineros.
Jorge salió.
No hay puentes. No hay escapes.
Jorge esta aburrido de esperar.
Jorge sabe que todos nos dormimos.
Jorge esta triste.
No puede llorar.
Jorge quiere saber cuando es su turno.
Jorge no escucha canciones.
Jorge está lejos.
No va al supermercado ni puede llorar.
Jorge tiene miedo y no hay nadie.
Jorge tiene sueño y en este país duermen todos menos él.

Iván Ferreyra

Heidegger conoció a mi madre

Una de las peores cosas de no existir jamás es que no participas de las discusiones de moda, de fútbol y de política. No te piden opinión sobre los presidentes; no cuentas tu visita a los neo-pogroms chinos. Yo quiero todo. Deseo decirle al mundo que a me gustaría conocer Moscú y Addis Abbaba. Que toda la vida quise usar un traje celeste de Tom Ford, corbatas azul eléctrico de Fendi y el uniforme de los All Blacks.
Pero soy un ser imaginario. Un sueño con ideas de sueños. Si alguien preguntase, diría que habría querido quitarme la ropa más seguido, no necesitar anteojos, tocar el corno francés. Desearía comprobar la leyenda de los quinientos leones que custodian el tesoro de tres mil años de Semerkhet en el cuerno de Somalia.
Todavía busco protagonizar algo. Ser, por ejemplo, el botín de Gighia en el minuto 79 del 16 de julio de 1950. O el corazón de un montañista español al coronar un K-9. Las manos de Rachmaninov. La pluma de Rilke, un latón de pintura de Pollock. Las cejas de Groucho Marx.
Así, esencial, uno es la totalidad de las cosas. O sea, un campo finito (o infinito) desconocido. Yo pasé por la vida como una idea que olvidaron de inmediato. Un buen día me fui o me sacaron y ya ni recuerdo qué era. Pude haber sido el amor, el plano de un puente sobre el río Napo, la rácana indiferencia, el instante que precede a la vida o a la muerte, que es el mismo. Quizás estuve en el cerebro de un delfín.
El problema de quienes fuimos o somos una idea es no tener a quien contarlo: el asunto no es ser, es ser nada.
El asunto de ustedes, los mortales, digo yo, no es andar vivo por la calle. Es la memoria. Nos pierden y se pasan la vida buscándonos. Mis respetos y envidia por eso. Yo puedo ser agua y quiero ser humo y hasta mi gato podría recrearme, pero no sé a qué huelen una tila de la Cañada, las chimeneas de Campana, la humedad, el aliento de un beso. Del Paraná me contaron que sabe a surubí. Para mí ambas palabras suenan tan bien como Kenzo, foie gras, Bahá’u’lláh y matambre al roquefort.

Diego Fonseca

Zepol por Soledad González

1 -Todo está organizado en dos niveles separados. En cualquier momento algo puede estallar. Somos conscientes de ese peligro.
Solamente hay que ser vigilante y anticiparse.
Las personas son libres dentro de un perímetro. Si el espacio es muy grande, no saben cómo utilizarlo. Las personas no saben.
- ¿Cuál peligro?
-Anoche tuve una pesadilla y salí a caminar.
- ¿Caminaste?
- Sí. Trataba de acordarme.
- ¿Qué hiciste?
- Una mujer se acercó y me habló.
- ¿Te habló?
- No la pude entender y vino a sentarse a mi lado. Se sentó sobre mi mano.
- ¿Qué hacía en tu mano?
- Estábamos sentadas y yo no podía moverme.
- No podías.
- No podía moverme. Escuché un chasquido. En el cuarto vecino había hombres con armas sobre las sábanas. Una mujer se acercó al moisés, que estaba sobre la mesa.
- ¿Por qué se sentó en tu mano? ¿Se sentó sobre tu mano?
- Quería que la escuche.
- ¿La escuchaste?
- Sí. Y la otra, estiró su cabeza hasta el moisés.
- Todo está organizado en dos niveles separados. Algo puede estallar, dijo.

2 - En todo momento algo puede estallar, somos conscientes de ese peligro, hay que anticiparse, las personas son libres dentro de un perímetro, si el espacio es muy grande no saben cómo utilizarlo, los hombres pasan la mayor parte del tiempo en construcciones organizadas. ¿Alguien sabe qué pasa en su cabeza?
Aquí estamos cómodos, organizados, en dos niveles: en la planta baja los comedores y lugares comunes; en la planta alta, los dormitorios.
Dicen que si usara bastón, terminaría golpeando con fuerza algo y tirando el bastón por ahí. No tengo que usar un bastón. ¿Dije que uso bastón? ¿Qué dije? Dicen que no dejo que me ayuden. ¿No lo hago? Me despierto. Subo la escalera y ahí están, los hombres y la mujer. No me miran. Ella toma la mano del hombre y le habla. Su voz se va por el resumidero. Toma sus dedos y los hunde, los hunde más. Hunde la boca en la palma de la mano del hombre, le habla. También hay un bebé. El bebé mira por un ojo, el otro lo tiene cerrado. Parece que duerme pero no duerme. La mujer me mira y viene hacia mí. Se sienta a mi lado. El lugar es inmenso. Señala algo que no logro distinguir. Le pregunto qué es. No contesta. El bebé, de pronto está a mi lado. La mujer hace algo y yo sé que tengo que esperar. En el descanso de la escalera. Ahí tengo que esperar.
Si alguien llegara de pronto por la puerta de calle, puedo correr a los techos. La viga mayor se está pudriendo, dice. El bebé con un ojo abierto no me deja tranquila. Bajo su párpado. Lo vuelve a abrir. ¿Cómo voy a correr con el bebé? Todo está tranquilo. En la planta baja, están los comedores y lugares comunes, en la planta alta, los dormitorios. No necesitamos nada más. ¿Por qué voy a salir? No tengo que salir. Aquí también hay lugares dónde estar. Y entra luz. No dije que quiera salir. Puedo sentarme aquí, cerca de la ventana. No se puede caminar de noche en la planta baja. Ni en los patios. ¿Por qué no? ¿Por qué? ¿Por qué no? ¿Por qué? Vamos a salir.

Soledad González

¡Presente!

tachaduras cegueras
perdigonadas restos
cicatrices temblores
palpitaciones golpes
quemaduras estigmas
heridas que supuran
el espectro de un nombre
Julio López
oh juremos sin gloria oír el grito
que supimos conseguir
que supimos conseguir.

Andrea Guiu

Zepol por José Halac

Un no me olvides parece provenir de la profundidad de la tierra. Un ¿Dónde estas López?, rebota en las paredes, entre las calles, buscando una salida inesperada, un encuentro imposible, tan incierto.
Y aparece de pronto un bosque por las calles, con miles de senderos imprecisos. Los recorremos a todos en su búsqueda. Nuestras demandas se pierden entre el follaje. Se vislumbra una luz o quizás sea una sombra distante que se confunde en lejanía.
Se extravió su voz, su potente voz libertaria, la del “Yo acuso de Zola”, las de los desaparecidos, de los que no nacieron, de los que murieron clamando por una justicia inexistente.
Los que te extraviaron en la noche oscura, sin estrellas y sin luna, conocían que tu verdad hería, sabían que tu palabra descubría a las máscaras adheridas con sus odios, esas que venían desde el fondo de la historia.
Nunca silenciaste tu voz López, ni siquiera al final del camino, cerca de donde ya todo termina.
Nosotros tus hermanos, te seguiremos buscando, sabemos que siempre estas cerca de nosotros. Tu palabra iluminadora de caminos nos guía con su luz poderosa.
Ellos, los que te desaparecieron, vivirán en permanente condena. En una cárcel sin rejas, desolada, despreciada por todos.
La voz de López nunca se apagará, es un candil inextinguible, una luz que nunca muere, ni en la noche más oscura dejará de alumbrar, ni el viento más intenso conseguirá apagarla y seguirá retumbando su voz, entre la juventud que lo sigue, entre la juventud que vendrá.

José Halac

JL

Mientras nosotros dormimos
Julio López no duerme
Mientras nosotros vivimos diariamente
Julio López es una imagen
Mientras nosotros levantamos una pared
El albañil Julio López es un baldío
Mientras nosotros miramos a la selección argentina
Julio López mira su propio abismo
Mientras nosotros bailamos una cumbia
Julio López escucha a un torturador
Mientras nosotros besamos a nuestros abuelos
A Julio López no hay besos que lo alcancen
Mientras nosotros actualizamos nuestras fotos en Facebook
La foto de Julio López es la misma desde hace varios meses
Mientras nosotros celebramos un nuevo record de Usain Bolt
Julio López detiene el reloj de los derechos humanos
Mientras yo duermo con mi sueño de argentino poronga
progresista clase media trepador arribista oportunista
Individualista pequeño tengo miedo
de encontrarme, en ese sueño, con sus ojos.
(Qué hiciste con veinticinco años de democracia
Qué hiciste con tu voto
Qué hiciste…)

Omar Hefling

¿Verdad-Consecuencia?

Opinar sin conocer sería muy fácil e irresponsable. Suponer, también. Es que pareciera ser que la verdad se va manipulando en la información que pasa de uno a otro y según el medio concreto. Por tal motivo, la sensación al tratar de investigar en forma neutra e independiente un episodio en la historia como el que sucede con la desaparición de López, es casi la misma que la de estar en un desierto. Es así toda vez que mientras unos apuntan al Gobierno, otros lo hacen en dirección a elementos residuales de la dictadura. Pero en definitiva, para el sistema jurídico, la única verdad es la que surge del expediente y quienes deben desentrañarla son los jueces.
Ahora bien, sin dudas lo terrible es el hecho, la desaparición misma, sumado a la falta de certezas que existe respecto a ello. Esta situación demuestra que un nuevo Jorge Julio López puede ser cualquiera en un país como el nuestro, y eso es inaceptable, sobre todo dentro de un régimen democrático. Y aún más terrible es la desidia frente a un hecho que todavía sigue impune porque, en ese sentido, la situación se vuelve una llama cada vez más estéril a medida que pasa el tiempo.
Frente a este estado de cosas cabe preguntarse, como ciudadano, cuál es el deber y responsabilidad que le toca a uno. ¿Qué se espera del gobierno y los medios? ¿Qué se espera de la justicia? ¿Qué se espera de uno mismo? Porque en cada caso habría que actuar con responsabilidad y en consecuencia.

Martín Maigua

Final de recorrido

Mis sospechas se confirmaron de la peor manera. Atravesaba una masa de polvo densa como el dulce de leche, sobrevolaba la canchita de la plaza que dobla en Paso de los Andes haciendo esquina con Laprida, cuando un pelotazo que debería haberme desnucado, me atravesó la cabeza sin la menor obstaculización. Me di vuelta estupefacto y una tropilla de siete pendejos (número insólito para un partido, por cierto) se me vino encima con el mismo resultado: pasaron a través mío blandiendo sus aullidos de centro-delantero barítono, con la ropa tironeda por el viento y algún perro cojo que jugaba de defensa. Pasaron sin el menor inconveniente. Podía sentir el sabor rojizo de la tierra que les escoltaba, haciendo de mi garganta un cenicero, pero no podía retenerla. Había desaparecido definitivamente. Todo empezó hace más de un año, cuando noté que casi no se me escuchaba. Decía cosas que nadie parecía entender o atender, y para ser tenido en cuenta, sobretodo en un evento social, tenía que gritar. Pero nunca me gustó gritar, menos en un casamiento o en un restaurante, pero la combinación del fondo musical y varias personas juntas me excluían automáticamente. Siempre quedaba afuera, a tal punto que llegué a detectar muchas personas con caspa, de tanto mirar espaldas.
Ahora que pretendo hacer mi propia historiografía de forma más seria, creo que las telemárketers fueron mis primeras homicidas: el teléfono sonaba y les decía no quería algo que me ofrecían, pero no conseguía que me escucharan. Si llamaba a una empresa, por ejemplo de telefonía celular, generalmente mis reclamos iban desapareciendo conmigo, mis pagos no eran computados y mis quejas se extraviaban en alguno de los patíbulos laterales al purgatorio.
Una de las metástasis más dolorosas de esta enfermedad evanescente fue dejar de pertenecer a ningún grupo o colectivo. Cuando alguien del campo decía que eran el pueblo, yo no estaba -literalmente-, pero tampoco conseguía estar en otro sitio. Si me parecía que la iglesia esta fuera de lugar, que la radio era estridentemente resentida, o que los sindicatos sólo peleaban por cosas que no tenían nada que ver con mi sueldo, o con mi dignidad, la gente -probablemente al tanto de mi dolencia- me gritaba. Y yo no podía hacerme oír. Mi tibiez parecía diluirse en un mundo de violencia: albañiles rompiéndolo todo al ritmo de sus celulares, veredas llenas de mierda de perro, y cualquiera metiendo el culo del auto donde podía, aunque yo estuviera parado ahí. Tanto me gritaron, tanto me quedé en silencio, tanto caminé bajo el viento, que mis amigos dejaron de llamarme, mi blog un día no estaba, y esa misma tarde -cuando todavía mis dedos podían prender la pc- noté que ya no estaba en Facebook. No había muro, no había tenido mails, no había recuerdos, fotos del secundario, o spams con powerpoints machistas enviados por mujeres. Claro, tanto odié todo que me bloquearon. Gracias.
Estoy escribiendo esto en la pared, con un cospel que ya no necesito, después de haber pasado la noche viajando gratis en el E2. Todo un turno sentado junto al chofer, fumigando la ciudad con una ronca serenata negra de gasoil mal quemado. Del Chateau a Barrio Renacimiento y viceversa, de la noche a la mañana, como un dinosaurio de Charly que se baja en el final del recorrido.

Pancho Marchiaro

Nos está pasando

El domingo 17 de septiembre de 2006 salió de su casa, Julio – o Tito, o el Gallego, como también le decían – salió de su casa en el barrio platense de Los Hornos. Sólo faltaba un día para que se leyera una sentencia que había esperado durante buena parte de su vida.
Jorge Julio López salió de esa casa que construyó con sus propias manos pensando, quizá, que el día siguiente iba a ser “el” día.
Fue ese 17 la última vez que se lo vio. Treinta años antes, un 27 de octubre de 1976, habían tirado abajo la puerta de su casa y lo secuestraron encapuchado. El 17 de septiembre de 2006 se produjo su segunda, vergonzosa desaparición.
Este albañil la peleaba con una magra jubilación y con laburitos que todavía, y a pesar de sus 75 años, conseguía. Hincha de Boca y peronista, como muchos de los habitantes del populoso Los Hornos.
“Etchecolatz es un asesino serial, no tenía compasión, él mismo venía y nos pateaba”, declaró, entre tantísimas aberraciones, en el juicio contra el ex jefe de la Policía Federal.
Su testimonio fue determinante, pensado, elaborado con un enorme esfuerzo de memoria durante casi tres décadas. Después se escucharía en ese juicio, y por primera en un estrado judicial de la Argentina, la palabra genocida.
Y Julio no pudo escuchar la condena al genocida Etchecolatz.
¿Cómo escribir con pudor acerca de actos que nos resultan inconcebibles?
“No le está pasando a mi papá, les está pasando a todos los argentinos”, dijo Rubén, hijo de Julio López, en una de las marchas que se hicieron para pedir por la aparición con vida de su padre.
¿Qué pasa con la dirigencia política? ¿Con los medios de comunicación y los sindicatos? ¿Qué pasa con la sociedad toda?
Una respuesta posible sería que estamos atacados por una enfermedad que nos persigue: el recurrente olvido.
El desinterés creciente de los políticos, de los medios, de los gremios es desalentador. Sólo organismos de derechos humanos, algunos partidos de izquierda y unos pocos ciudadanos más parece que tuvieran la solitaria tarea de recordar.
Da vergüenza, desazón… y no se puede escribir con pudor cuando se ve el avance de los “asesinos de la memoria”.

Ana Mariani

Zepol por Monsalvo

Querida libertad, dominados por el odio y el vacío de ética, vivimos entre personajes que deforman el lenguaje de nuestra comunicación, y es con el miedo y la agresividad, que intentan instalarse en cada uno de nosotros.
Nuestros gobiernos, sobre todo estos últimos luego de llegada la democracia, nos han advertido con impunidad, en que país vivimos, lo que nos lleva a pensar que para seguir vivos, tenemos que dormir con dinero bajo la almohada, y así conservar nuestras vidas cuando entren a robarnos.
No tenemos protección, pero al mismo tiempo pensamos que si nos quieren quitar la libertad no les va ha ser tan fácil, y de esta manera empieza esta guerra sociológica y moral que vivimos.
Estos tipos cansados de no construir nada, un día, también son un arma que tortura, más las autoridades sin fueros que nos preocupan por su ignorancia e incompetencia, más las leyes que amparan a los asesinos, al hambre y la miseria, la falta de trabajo, la explotación, el deterioro de la naturaleza, la salud, la educación y la libertad del hombre.

Diego Monsalvo

Abducción

A López se lo llevaron los extraterrestres y eso está mal.
Cuando uno nace en los 80 recibe una dictadura como herencia. No es poco. ¿Qué hacemos con un fantasma así? Por cuestiones de higiene mental recomiendo suprimir toda culpa. Conectar la desaparición de López con la locura de los 70 suena más a estrategia política que a coyuntura real. Las Fuerzas Armadas no te pasan a buscar. El señor tuvo la mala suerte de declarar contra un represor y luego se esfumó. Pero la dictadura no está más. La ecuación López-dictadura-actualidad es una chifladura anacrónica. Cuando pienso en los desaparecidos me siento más obsesionado por la parafernalia discursiva que por el shock emocional. Pasaron atrocidades pero este discurso saturado me priva la posibilidad de pensar algo original.
Como que a López, en lugar de represores malvados, se lo llevaron unos extraterrestres new age. Quizá, quién sabe, la esté pasando bien.

Lucas Moreno

JJL 179

Es otra larga noche
para los que tienen algo
atravesado en la garganta.

Te subís a un taxi en la esquina de Maipú y Sarmiento. El taxista te pregunta dónde vas. Los taxistas son los únicos que te preguntan dónde vas. Al resto de las personas eso no les importa. Suponen respuestas. Imaginan destinos paradisíacos. Creen que te fuiste, creen que te fuiste y no preguntan.

En la radio los conductores tiran una consigna. ¿Qué harías en un día de lluvia? Vos no llamás a la radio por que sabés que nadie entendería tu aporte. ¿Qué harías en un día de lluvia? Harías una pregunta.

El taxi frena al frente de tu casa. Pagás con cambio y empujás la puerta. Antes de bajarte, le preguntás al chofer dónde está Jorge Julio López.
No te contesta.

María José Oldani

Zepol por Sol Pereyra

No digo que los extraterrestres no existan pero hasta ahora no he visto ninguno, ni conozco a personas o familiares cercanos de algún abducido por un ovni.
No digo que Dios, la Virgen, los Santos y etc. no existan pero hasta ahora no los he conocido, no han sido de gran ayuda y tampoco conozco a nadie que se haya desaparecido con ellos.
No digo que no existan los magos pero todo lo que desaparecen vuelve a aparecer y por lo general son conejos, monedas, pañuelos.
No digo que no crea en la ciencia pero no he sabido que aun hayan logrado teletransportar más que pequeñas partículas, de un lado a otro y también todo lo que viajó, apareció, claro, en otro lado.
No digo que no existan los fantasmas pero yo no me tope con ninguno y por lo general son ellos los que aparecen y desaparecen, es lógico, esa es la función del fantasma.
No digo que no existan las brujas pero cuando hubo las quemaron y las de hoy solo leen las cartas, no desaparecen gente.
¿De qué extraño poder estaríamos hablando entonces? ¿Dónde están los que no están? Sí hay alguien que se esconde, hay alguien que siempre encuentra, pero sino se trata de un juego y nadie quiere esconderse y no existen los ovnis y no existen los dioses y no existen los magos y no existe la ciencia y no existen los fantasmas y no existen las brujas, o existen todos pero no tienen tanto poder, ¿Quién desaparece a los que desaparecen? ¿Dónde están? Y no me vengan a decir que están todos en el Caribe tomando sol por qué el Caribe tampoco existe, al menos aún yo no lo he comprobado.

Sol Pereyra

La refalosa

Amenaza de un porteño degollador, funcionario del gobierno de La Matanza, que fue volanteada frente a la Escuela Normal de la Plata.


Miren, gauchitos apátridas,
que no pierdo la esperanza,
y no es chanza,
de hacerles probar qué cosa
es Refalosa.
Ahora les diré como es;
escuchen y no se asusten;
que para ustedes es canto
más triste que un viernes santo.

Zurdito que agarramos
lo estiramos;
o paradito nomás,
por atrás,
lo amarran los compañeros
y desnudito ante todo,
empieza su aflición.

Cuando creemos conveniente,
después que nos divertimos
grandemente, decidimos
que al zurdito
el resuello se le ataje de golpecito;
y a derechas lo agarra uno de las mechas,
mientras otro
lo sujeta como a potro
de las patas,
que si mueve es a gatas.


Entretanto,
nos clama por cuanto santo
tiene el cielo;
pero ahí nomás por consuelo
a su queja:
abajito de la oreja,
con un puñal bien templao
y afilao,
que se llama el quita penas,
le atravesamos las venas
del pescuezo.

¡Qué jarana!
nos reímos de buena gana
y muy mucho,
de ver que hasta les da chucho;
y entonces lo desatamos
y soltamos;
y lo sabemos parar para verlo refalar
¡en la sangre!
hasta que le da un calambre
y se cai a patalear,
y a temblar
muy fiero, hasta que se estira
y el zurdito espira.

Con que ya ven, apátridas;
nadita les ha de pasar
después de hacerles gritar:
¡Viva la Santa Patria!


Intervención de Federico Racca.

Desaparecido Nro: 30001

Ya nadie te busca. Sólo los que no tienen miedo hablan de vos. Nadie quiere correr tu misma suerte. El presidente que estaba cuando vos dejaste esta tierra ahora ya es ex. Está su esposa. La que compara a los goles con los desaparecidos. Esta es la Argentina en la que viviste. La que no es digna de un gesto como el que tuviste vos de decirle a un torturador las atrocidades que había cometido. Ese individuo tenía un rosario en su mano. Vos tenías tus palabras y tus vivencias. El tododopoderoso, si es que lo es, tampoco te protegió. En síntesis: Rafael te perdonó, Nestor te condenó. No estás ni estarás en el Nunca Más. Tampoco estarás cuando griten: 30 mil desaparecidos presentes. Vos sos el número treinta mil uno. La diferencia es que no esta el Proceso de Reorganización Nacional sino la democracia. El gobierno elegido por el pueblo a través de las urnas y que está juzgando a los genocidas. La paradoja es que en un tiempo no muy lejano ese ex presidente que se jactaba de hablar de los derechos humanos va a estar sentado en el mismo banquillo que los torturadores rindiendo cuenta por tu desaparición. Vivimos en la Argentina, el país dónde todo es posible. Por eso como todo sucede, nada tiene sustento, en honor a vos Julio, cada vez que escuche el grito de treinta mil desaparecidos presentes, yo voy a gritar treinta mil uno desaparecidos presentes. Y a todos los que me miren ante este gesto, les voy a recordar: Julio López – un albañil construido con el mejor cemento – Un desaparecido en democracia.

Carlos Rolando

Mariano Saravia

La desaparición es la forma más cruel del terrorismo, sobre todo del terrorismo de Estado. Es la negación de la vida pero también la negación de la muerte al mismo tiempo, porque no les deja a los familiares y amigos de la víctima ni una tumba. Es más, es el mejor símbolo del genocidio, si se considera al genocidio como el intento exprofeso de exterminar a un grupo humano. El intento del genocida no es combatir a un enemigo ni a una realidad, sino negarlos. La psicosis del genocida, que luego deriva en perversión radica allí, en ese escape de la realidad que lo hace querer tapar el sol con la mano, querer creer que el problema que tiene se va a resolver matando y haciendo desaparecer a quien encarna ese problema, generalmente "el otro". Por eso, la negación del genocidio es parte integrante y fundamental del genocidio mismo, porque desde el inicio, su intención no fue matar simplemente sino exterminar, hacer desaparecer, autoengañarse pensando que el problema o "el otro" no existen, o pueden dejar de existir con métodos de terror. Entonces, después de perpetrar un genocidio, el genocida lo niega, porque es lógico dentro de su locura.
En 1916 lo dijo Talaat Pashá, el líder del Imperio Otomano, antecesor de Turquía: “El problema armenio no existe más, simplemente porque no existen más armenios”. Lo repitió Jorge Rafael Videla en 1978: “No me pregunten por los desaparecidos, no están ni vivos ni muertos, son eso, desaparecidos”.
La negación del genocidio, llamado negacionismo, es especialmente cruel con las familias de las víctimas, porque además de hacerte desaparecer a tu ser querido, te dicen que eso jamás ocurrió, una nueva violación de todo derecho humano, hasta de los derechos a verdad y memoria. Pero resulta que en un país del sur del mundo, donde nos quieren hacer creer que todo se hace mal, se da un ejemplo al mundo en cuanto a desenterramiento de la verdad, preservación de la memoria y búsqueda de la justicia. Y después de 25 años de marchas y contramarchas, vuelven los juicios contra los genocidas. El genocida entonces, se desespera al ver que no pudo tapar el sol con la mano, que la realidad que le molestaba sigue ahí, y desesperadamente intenta suprimirla de nuevo, pero ya debilitado y sin la maquinaria estatal al servicio de su terrorismo. La desaparición de López es una muestra de esto, de la impotencia y del miedo a su propio terrorismo, pero también vuelve a aterrorizarnos a todos los que vemos con espanto que se cumplen tres años sin Jorge.

Mariano Saravia

Carta de vecino a vecino

Eso sucedió, vecino. Vos no conocías ni su nombre, cuando te conté. Me imagino: sos de después del '83, y sólo le das al cuarteto. Cosa que no te critico, sabelo: y los fernets que todavía nos tomaremos, con Charly o con Pelusa al palo. Pero claro que sucedió. Si hasta te tuve más o menos que describir cómo eran los secuestros. Porque me lo imagino así; lo habrán agarrado en la calle, también.
Jorge Julio López, vecino. Un nombre para vos. Porque calculo que no le conocés el rostro, el de las pancartas, digo. Tampoco yo estoy tan enterado, no te creas. Sólo que vi que algo volvía. ¿Sabés qué? No, creo que no sabés. Y que no es tu culpa. Vos la yugás diez, doce horas por día, y después, a la casita. Mal no hacés, tampoco. Pero así vivimos: cada uno, su castillito, lo demás es lo de los otros. O lo que se ve por la tele: si la ves.
Después te invito a leer esto, cuando salga, si sale. Y te hablo a vos por eso: por lo del castillito. No sos vos: somos muchos. Porque yo vivo con los libros, con las palabras; tranquilo en mi casita y con los mates, yo también filtro.
Filtres y filtres: quizá de eso se trate. Yo a López (y muchos con los que charlé estos días también) lo damos por muerto. Queda nombrarlo, queda necesitar que no vuelva más esa sombra, que no nos la esgriman. Y comentártelo ahora, vecino, pasa por eso: porque supongo que hay muchos como vos que ya ni saben lo de la dictadura, lo de que a López lo volvieron a agarrar, lo de que nunca más se lo volvió a ver.
Todo bien, vecino. Pero ahora me acuerdo de ese tema de Buarque; la gente está jugando al fútbol todavía. La gente se desloma y se divierte. Sólo que yo tengo esa espina.

Pablo Seguí

Zepol por Martín Toledo

Lo supimos desde un principio, olvidarían a Jorge.
Era previsible, la comunidad - que no existe - ignoró su cuerpo.
El fútbol por televisión abierta generó más alegría.
¿A qué me recuerda todo esto?

Falta poco para que se extingan.
Todos los que festejaron.
Casi como una mala película.
La trama tiene sus repeticiones.

Esperamos que se restablezca la señal.
Hundirán el Sheffield.
O algo parecido.
López, ya fue.

Sólo es un recuerdo.
Un estencil que se borronea.
Una osamenta mordida por los peces (gordos).
Y vos, con tu walkman en desuso.
Nadie lo vio.
¿Alguién lo conoció?
Los niños piden limosnas.
O imitan a Damián Córdoba frente a las vidrieras

Martín Toledo

Ser vivo

“Eso voy a intentar”, le dije a mi amigo. “Voy a escribir un texto sobre la distancia que hay entre lo que le pasa al otro y lo que cada uno se anima a hacer desde su lugar”.
Fue en medio de los latidos –minutos– de mis días: estaba trabajando en la computadora, hablando con él, y recordé –él me ayudó a recordar– que estaba pendiente mi aporte sobre los 36 nuevos meses cumplidos sin Jorge Julio López. Estaba trabajando, los ojos en el monitor: latidos, minutos, trabajo, días. Sinónimos de lo vivo. Y había suspendido estas palabras porque acumulo obligaciones, muchas cosas por hacer: me adormezco.
Hace tiempo que me pregunto por esta intriga –mía, nefasta– de la distancia. En algún texto he hablado sobre el misterio de la solidaridad: ese ambiente oculto del cerebro donde persiste la acción por sobre el miedo. Me pregunto esto, justamente, por la habilidad que ejecuto en el cúmulo de actividades diarias no para hacerme el vivo, sino para ser vivo. Creo ser vivo mientras me adormezco. Y para eso me pagan. En mi trabajo, por ejemplo, el ambiente se reduce a la distancia que hay entre cada par de ojos y el monitor que les corresponde, es decir, lo que estoy haciendo en este preciso momento de atención sobre la escritura. Esta distancia, este ambiente que cada uno reproduce para sí mismo, es un círculo que se cree cerrar: la no exposición como el mejor vestido. Nadie muere, nadie sale lastimado, y el cansancio es una empresa solucionable, como el ardor de los ojos que fijan las pantallas.
En esta distancia que amplío todos los días, hago de mi voz una supuesta herramienta. Todos los días de la vida –vivo y adormecido– les hablo a otros a través de una pantalla. Tecleo para decir cosas de la mejor manera posible, porque soy vivo y todo lo que sale de mí, a algún sitio tiene que llegar.
Recuerdo que cuando era chico les pregunté a mis viejos sobre los secuestros. Pregunté qué hacían ellos en los momentos en que otros desaparecían, cuando otros pasaban a no estar más. Mis viejos levantaron las cejas y soltaron algunas palabras; hablaron de la ingenuidad, el miedo y la complicidad y levantaron las cejas. Y luego suspendí esa molestia, la pregunta sobre qué hacía la gente que me dio la vida, por ejemplo, en esos momentos en que otros pasaban a no estar ni vivos ni muertos: no estar más.
Y he llegado a molestarme por no poder explicarlo; por creer en la sinceridad de ellos, en sus límites, sus incapacidades.
Tengo 27 años y hoy un amigo me ayudó recordar los 36 nuevos meses sin Jorge Julio López, la posibilidad que me dieron de hablar sobre esto. Había suspendido estas palabras porque no sólo estoy vivo: soy vivo y arrastro un cúmulo de obligaciones, y hoy me tuvieron que ayudar a recordar la posibilidad de hablar.
Digo “nuevos meses” porque a López, primero, lo chuparon durante tres años pero pudo seguir viviendo, y luego lo volvieron a secuestrar por abrir la boca cuando supuestamente el Estado lo estaba cuidando.
Por eso el intento de hablar sobre lo que no me animo a hacer. Porque he reproducido aun desde la molestia el mismo arqueo de cejas. Hoy ejecuto con mi cuerpo y mi mente una complicidad tan alarmante e incómoda como la que encontré, hace ya tiempo, en las cejas de las personas que me dieron la vida.
Este monitor se va a apagar y su negrura será un reflejo vivo e insuficiente.

Diego Vigna

La política internacional de Jorge Julio López

¿En qué se diferencia la “desaparición” de Julio López con las “desapariciones” ocurridas en el marco del conflicto ideológico que supuso la guerra fría? En primer lugar, las desapariciones masivas de personas, en el marco de la guerra fría, formaron parte de una estrategia ampliamente utilizada por los gobiernos a nivel internacional: la “doctrina de seguridad nacional” como herramienta para combatir la amenaza del comunismo. Está claro que Julio López no ha desaparecido por ser comunista –aunque lo haya sido-, y que las doctrinas de seguridad nacional han dejado de ser parte normal del mundo de la posguerra fría. En segundo lugar, las desapariciones masivas de personas ocurrieron fundamentalmente gracias a la desarticulación del orden democrático, o en otras palabras, fueron ejecutadas por estados autoritarios. En este sentido, Julio López no es un desaparecido de la guerra fría, es un desaparecido de la posguerra fría, es un desaparecido de la democracia. La pregunta sería entonces, ¿por qué en la posguerra fría de América Latina, sin conflictos ideológicos que amenacen el orden establecido, sin doctrinas de seguridad nacional, en democracia, la categoría de “desaparecido” sigue formando parte de nuestra agenda pendiente?

La razón principal reside en la singular forma de democracia presente en la mayoría de los países América Latina, en la democracia realmente existente. Efectivamente, el fin de la guerra fría supuso en los países con tradiciones autoritarias y sin democracias consolidadas, transiciones hacia una particular forma de democracia: la democracia iliberal. Es decir, ha diferencia de lo que el debate político dominante en la argentina intenta postular –la necesidad de obtener más democracia-, el gran déficit que caracteriza nuestro sistema no es tanto la ausencia de democracia como la ausencia del componente liberal del estado: separación de poderes, protección de las libertades básicas, imperio de la ley, igualdad ante la justicia. En otras palabras, Argentina es un estado democrático –con elecciones y sistemas de partidos- en dónde la ley se aplica en forma desigual a lo largo del territorio y de acuerdo a desigualdades sociales, étnicas y de genero. Como consecuencia, existen amplias zonas de desgobierno o estado fallido. Son esos territorios, en dónde formas singulares de criminalidad han establecido formas singulares de gobernabilidad. Allí también se han refugiado formas de criminalidad de antaño.

Mientras Argentina no resuelva positivamente su déficit liberal y garantice una presencia institucional universal, la democracia estará condenada ha coexistir con elevados niveles de homicidio, violaciones, trata de personas, desapariciones, secuestros, delitos violentos y crimen organizado. No es casual que Julio López haya desaparecido en el marco del intento de terminar con la impunidad de los crímenes de la última dictadura. No es casual, porque en dicho loable intento, ha primado el voluntarismo político por sobre la justicia, por sobre la efectiva construcción de un estado liberal realmente existente.

Federico Zapata

Zepol por Toty Cáceres

Arte de Toty Cáceres

López

Zepol por Oldani


Arte de imagen por María José Oldani

15.9.09

Zepol por Iván Ferreyra

Hay un grupo de fieles que se cansaron de lamer las paredes buscando señales.
Arrancaron los brazos que se bajaron. La búsqueda parece que llegó a su fin.
Ya nadie habla. Todavía existe ese miedo que se cosecha en Pare de Sufrir.
En donde uno sólo debe sacar la pistola de su cabeza. ¿Dónde esta Lopéz? Él que sabe quizás duerma rodeado de leones sedientos de mar. Cada vez que preguntamos por él dejamos un litro de sangre en la respuesta. Ya no es justo vivir en un mundo así. Para que elegir la belleza si nos desaparecen como amantes incrédulos. Nadie puede levantar la mano y reivindicar la memoria. Todos tienen un enemigo detrás de su espalda. Acá estamos preocupados por poner un nick divertido. Por saber que pasa en Lost.
¿Y Lopéz?
Un país dónde la mitad hace dieta y la otra mitad se caga de hambre.
Un espacio creado para que la batalla del glamour se produzca en soledad.
Los que tienen el suficiente dinero se encargan de que no les meen el jardín.
o conozco demasiados hijos de putas que caminan impunes.
De a poco sé que puedo combatirlos.
La mejor muerte de estas lacras es la memoria.
Acordarse cada vez que los cruzas.
De lo que hicieron.
Una sociedad que señala en serio.
No para envidiar ropa barata.
¿Y el amor?
No existe comparado con el olvido.
La belleza radica en lugares insospechados.
Hoy vi un albañil tomando una cerveza.
Con el cansancio pegado en la mano.
Atacan a los trabajadores.
Todos seguimos saliendo a la calle sin que se noten las ausencias.
Algunos seguimos buscando debajo de las mesas.
Este blog es el comienzo de una nueva búsqueda.
Por eso su existencia.
Por eso el nombre. Por eso vivimos. Para buscar.
No nos cansaremos de hablar de Jorge Julio Lopéz.

Tradiciones y traiciones por Sofía Ferrero

Vivo en Tenerife, una de las siete Islas Canarias que, por esas extrañas cosas del colonialismo, pertenecen a España. Todos los junios las islas se visten de gala y miles de personas bajan por las calles para festejar la historia y alimentar las tradiciones, unidas por la fidelidad que solo generan los rituales. Tocan canciones con los instrumentos propios de las islas y bailan en grupos, agasajando la tierra y las raíces.
Durante meses se decoran carros que se usarán solo un día para recorrer las calles y preparar alimentos típicos. Papas arrugadas, budines de harina de gofio y almendras, huevos, pinchos canarios y vinos de cosecha propia, son los regalos que recibimos nosotros, mitad turistas, mitad residentes. Ahí parada, bailando la música de otros, compartiendo la historia de este, mi nuevo hogar, pienso en nuestras tradiciones. En cuáles son nuestros rituales. Pienso en las fiestas populares y los carnavales que la última dictadura se encargó de desaparecer. Pienso en los nuevos rituales que remplazaron la alegría, la música, los colores. Pienso en los 24 de marzo. En miles de personas marchando juntas; sintiendo que somos todos hijos de la misma historia; recordando, exigiendo, doliendo bajo un grito de impotencia que tiene la misma edad de las personas que quiero. Pienso en los juicios que al fin llegaron y en cómo resultarán después de alimentar 32 años de lucha y esperanza. Pienso en que a pesar de que cada genocida sea condenado y cada nieto recuperado, siempre tendremos una razón para reunirnos el 24 de marzo: Jorge Julio López. Pienso en la oligarquía. Tan cercana a la tierra y tan ajena a sus intereses. Pienso en lo que significa la tierra para ellos y para nosotros y pienso que seguimos siendo ellos y nosotros. Pienso en la patria que cruje porque se acomoda, porque no se termina de desacomodar. Pienso en los que están allá y los que estamos acá, mirando desde la otra vereda del mar. Pienso en que no es la primera vez que miro desde la vereda, participando desde la mera presencia, sin intervenir demasiado, sin molestar tampoco y también pienso en mi amiga C. que ayer me dijo: por lo menos vos tenés una excusa para no hacer nada. Estas lejos. Pero acá, la impotencia es cruel. Cómo le hago entender que me bebería el océano de un trago, solo para que nos podamos abrazar.

Por Sofía Ferrero

Arte de imagen: Ramiro Argañaraz



López Neruda por Toty Cáceres




Desapareció, lo ayudaron, lo obligaron, se lo pidieron.
No hizo caso, mi memoria olvida, no dejó trazos en mi neocortex.
Intento recordar, pero las imágenes son extremadamente nítidas.
Jorge López, una sábana blanca disimula su figura,
un cuerpo escrito con letreros formando alaridos,
dos tetillas quemadas y testículos como cohetes.
Lo recordamos, los deformamos, lo exigimos;
se trata de esos vacíos mortíferos, parcos.
La caducidad, el tiempo, la ausencia que asegura la posesión.
Estamos vivos, mas desaparecidos,
ahogados en un río caudaloso, crecido.
Trae agua, ramas, víboras, barrio y piedras.
López Neruda, es fuerte el recuerdo, más largo el olvido.

Por Toty Cáceres

Arte de Imagen: Ramiro Argañaraz

¿Dónde? por Alejo Carbonell

¿Dónde?

Tomando, aún, el té con sus parientes como dijo el gobierno
Golpeando el bombo en la plaza, como único recurso político
En el progresista aumento del cospelEn el progresista pago de la deuda
En el progresista acuerdo con el club de París
Ahí está Julio López
En el futuro desierto argentino, entre los tractores nuevos
Comprando departamentitos urbanos de materiales baratos
Tomando mate con gendarmería
Con el discurso de la iglesia
Y el razonamiento de la vaca
Ahí está Julio López
Con los que ya se olvidaron a quien votaron
Con los que putean los cortes de ruta
Con los que se abalanzan en las góndolas del súper
Para que el desabastecimiento sea ajeno
Con los que amontonan títulos sobre su apellido (*)
Ahí está Julio López
Con los que luchan por los derechos humanos de los setenta
Cobrando los subsidios mes a mes
Con los que cierran la boca con los derechos humanos de hoy
Aduciendo tácticas y estrategias desopilantes
Con los que se cambian de vereda todos los días
Ahí está Julio López
Búsquenlo ahí, López vive
En el regocijo de la miseria humana
Búsquenlo
Vive en la mierda.
Alejo Carbonell

Arte de imagen: Toty Cáceres